Mientras Colombia enfrenta temporadas cada vez más intensas de incendios forestales que avanzan sin control durante los meses secos, dos países de América — Chile y Estados Unidos — han construido sistemas que trasformaron radicalmente su relación con el fuego. No se trata solo de apagar llamas en el verano: es una estrategia de años, de inversión permanente, de tecnología sofisticada y de capacidad operativa que funciona durante todo el año. La diferencia fundamental entre estos modelos y lo que ocurre en Colombia es precisamente esa mentalidad: de la crisis temporal a la política estructural.
Estados Unidos, particularmente en estados como California, Oregón y Washington, ha invertido décadas en desarrollar un sistema integrado de prevención y control de incendios. La inversión no desaparece cuando llega el invierno. Mantienen helicópteros equipados con tecnología infrarroja, aviones tanque cisterna en estado de alerta permanente, y equipos de bomberos forestales entrenados todo el año. El gobierno federal, a través del Servicio Forestal de Estados Unidos, garantiza presupuestos anuales predecibles que permiten mantener esta capacidad sin importar si llueve o hay sequía. Esta continuidad es la clave: mientras Colombia negocia presupuestos especiales cada temporada de incendios, Estados Unidos tiene fondos garantizados para investigación, prevención y equipamiento.
El modelo chileno: de víctima a potencia en control de incendios
Chile, que durante años padeció incendios devastadores similares a los que sufre Colombia, implementó una transformación radical a partir de 2017, cuando el país enfrentó temporadas catastróficas que consumieron cientos de miles de hectáreas. La respuesta no fue improvisada: crearon la Corporación Nacional Forestal (CONAF) como entidad centralizada de respuesta rápida, invirtieron en tecnología de monitoreo satelital en tiempo real, y establecieron protocolos de activación que no dependen de criterios políticos sino de indicadores científicos. El resultado es que Chile ahora tiene un sistema que funciona incluso sin que sea «temporada de incendios» en el sentido tradicional.
Lo que hace diferente al modelo chileno es que convirtió el incendio en un problema de Estado, no en una crisis de campaña. Los recursos fluyen todo el año hacia capacitación, mantenimiento de equipos, investigación en prevención, y educación comunitaria. Cuando Chile enfrenta el verano, su sistema ya está en máxima capacidad operativa desde meses atrás. No espera a que un incendio se descontrole para activar protocolos de emergencia.
Colombia: entre la desarticulación y la urgencia
En Colombia, la situación es inversa. Las instituciones responsables de la lucha contra incendios forestales operan frecuentemente sin coordinación efectiva. La Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), el Ministerio de Ambiente, la Dirección General Marítima (Dimar), y los cuerpos de bomberos locales tienen mandatos que se superponen pero objetivos que no siempre están alineados. No existe un presupuesto permanente garantizado para capacidad aérea: los helicópteros y aviones tanque cisterna se contratan cuando ya hay emergencia, lo que significa que en plena crisis hay que negociar precios con contratistas privados. La prevención, cuando ocurre, es marginal y fragmentada.
Más grave aún es la desconexión entre los distintos niveles de gobierno. Mientras Estados Unidos tiene una estructura federal donde el Servicio Forestal coordina con gobiernos estatales, y Chile tiene una CONAF centralizada, en Colombia hay municipios que simplemente no tienen capacidad ni para reportar incendios de manera estructurada. El monitoreo satelital existe, pero no se ha integrado en un sistema único de alerta temprana que comunique automáticamente a equipos de respuesta.
Tecnología que no deja espacios para la improvisation
En Estados Unidos y Chile, la tecnología de detección temprana es redundante. Sistemas satelitales, drones, torres de vigilancia, y comunicaciones encriptadas garantizan que un incendio incipiente sea detectado dentro de minutos. Los equipos de respuesta, por su parte, tienen acceso a modelos de predicción de propagación del fuego basados en inteligencia artificial. En California, por ejemplo, se utilizan algoritmos que predicen no solo cómo se propagará el fuego en las próximas horas, sino también cómo responderán a cambios las características del terreno y la vegetación.
Colombia apenas comienza a explorar estas capacidades. El país no tiene un sistema integrado de drones para monitoreo aéreo persistente. Los modelos de predicción de propagación no se utilizan sistemáticamente. La comunicación entre instituciones sigue dependiendo de mecanismos informales que fallan bajo presión operativa.
La inversión que no aparece en los presupuestos de crisis
La lección más importante que Chile y Estados Unidos ofrecen es que los incendios forestales no se resuelven en temporada de incendios. Se resuelven durante todo el año, en oficinas de presupuesto, en centros de investigación, en aulas de capacitación. Chile invierte anualmente en investigación sobre especies de árboles resistentes al fuego, en estudios de comportamiento del fuego en diferentes ecosistemas andinos, en entrenamientos anuales para brigadas. Estados Unidos financia universidades para que desarrollen programas de grado en ciencia y manejo de incendios forestales.
Colombia necesita imitar esa mentalidad de largo plazo. No es un gasto de crisis: es inversión estructural. El costo de mantener un sistema de prevención y control robusto durante todo el año es una fracción del costo de los incendios que destruyen ecosistemas, afectan la salud pública, y paralizan regiones enteras.
Un bombero forestal estadounidense, durante una misión de cooperación internacional, explicó el concepto así: «No apagamos incendios en el verano. En el verano solo cosechamos el trabajo que hicimos durante los 365 días anteriores». Esta frase captura la diferencia entre países que aún luchan contra el fuego y países que hace años decidieron ganarse una batalla permanente.